ATARDECER
Hay veces que solo me siento frente al cielo, esperando a que diga unas palabras, pero no dice mucho, simplemente observo su rostro desencajado y sospechoso, como si estuviera esperando el momento para llorar cuando nadie lo vea, miro el horizonte y a lo lejos se distingue el sol a punto de morir, es ese preciso momento donde pienso, imagino la vida del tiempo, incansable como el sol, astro que siempre está en busca de algo, ¿acaso tendrá prisa de morir, de llegar a tiempo a alguna parte? O simplemente se vuelve rutinaria su partida.
Mi abuela me decía que existía una fuerza en el mundo tan grande que era capaz de dar vida, como una semilla imaginaria o píldora mágica, que resultaba tan poderosa como la atracción del sol por la luna, y entendí el propósito de ese viaje que hacía diariamente hacia alguna parte, siempre tan luminoso y cálido, tan alegre e intrépido que jamás podrá apagarse.
Se dice, se cree, que antes de ser sol primero fue ente, desde que vivía con los dioses, en una tierra tan pura que no se conocía aún la noche ni el día, tambien se desconocían las palabras pero sí los sentimientos, aquellos que aún sin nombre los dioses los sentían; unos eran extraños y otros más solo eran pasajeros como los que conocemos hoy en día. Una vez el señor de la luz salió a contemplar el vacío de la tierra, siempre miraba fijamente el fondo de un peñasco, el cual, casualmente era atraído por sus dimensiones y hasta en cierto punto molesto por desconocer lo que había, cuando de pronto escuchó un ruido extraño, pero totalmente sorprendido ya que ni siquiera pudo notar la presencia de aquella compañía, era el ente de la tranquilidad, de su rostro se desprendía una luz tenue y agradable, en ese momento sintieron algo demasiado extraño para lo que estaban acostumbrados.
Se quedaron inmóviles durante muchos años, quedando uno frente al otro, no había palabras, nada que pudieran utilizar para comprenderse del todo, pero si contaban con algo mucho más mágico, las sensaciones y pensamientos tan poderosos como para expresarlos de otra manera, se acercaron tanto como para tocarse, depronto, la luz más tranquila dio un salto hacia lo desconocido, hacia las tinieblas del peñasco para complacer a la luz más brillosa, esa que a pesar de todo sentía una atracción maravillosa pero no tan insentiva para poder saltar y ver más allá de lo que le permitía su propio fulgor, pero al ver como la luminiscencia se atenuaba mucho más de la luz más pequeña, sintió la necesidad de pertenecer a ella, de no separarse.
Fue entonces que sin saber lo que hacía, cerro muy fuerte los ojos y saltó para alcanzar a ese complemento luminoso… Después de ese momento nació por vez primera el día, con el sol de guardián lleno de resplandor y alegría, queriendo no perderse de mucho pues también había nacido el tiempo, posteriormente llegaba la noche, con ese brillo peculiar que le brindaba la luna, con tanta calma y serenidad que hasta las mismas olas se agitaban para poder llegar.
Desde entonces el sol siempre está en busca de la luna, sediento de algo, al igual que la luna, siempre tan callada y amorosa, inquietos por llegar a tiempo a su cita bajo el atardecer, cuando apenas se pueden ver, tratando de encontrarse el uno al otro como aquella ocasión que perdura aún en la eternidad…
Calleja Vargas Enrique

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