Justo cuando pasó entre la luna y
las nubes grises, abrí sin dudar la ventana que daba hacia la calle, desde lo
alto, cerré con cuidado mis ojos y pedí con todas mis fuerzas mi deseo…
Mi abuela decía que son nuestros
antepasados, que vienen de visita a nuestro mundo sin permiso alguno, porque es
de saberse que los muertos solo vienen una vez al año, el “Día de los fieles
difuntos”.
Los científicos las nombran
estrellas, esas que brillan a lo lejos a miles de kilómetros de la tierra, pero
si miras bien, pareciera que estas en un jardín lleno de flores, algunas
brillan tanto que me he subido a lo más alto de la iglesia para atrapar una,
casi siempre que estoy a punto de tomarla, se aleja con el viento sin decir una
palabra.
Pensándolo bien no creo que sean
flores como aquí, ni los muertos que dice mi abuela, ni siquiera estrellas,
¿cómo saben los científicos que se llaman estrellas, las conocen, las han
tocado alguna vez?.
Nada de eso, para mí son los
sueños que uno tiene cuando duerme mucho, como la vez que soñé que tenía un
caballo con un cuerno, o esa vez que vi un ogro sonriente, todo eso recuerdo
cuando veo esas lucecitas en el cielo, y lo demás, ese espacio oscuro, son las
pesadillas, como el día que comí muchos dulces bajo la cama sin permiso, o
cuando mi hermanita ponía películas de terror y no dormía bien durante días,
esperando a que algo saliera bajo la cama.
Sea lo que sea, a mi me había
dicho mi madre que si veía alguna vez una luz brillante corriendo por el cielo
tan de prisa, le pidiera un deseo, y eso fue lo que hice.
Hoy es día de muertos y mi
abuelita está poniendo la ofrenda, mis primos más grandes se han comido la
fruta y ahora debemos ir al mercado a comprar más para el altar. Camino por las
callecitas tan cerradas y el aroma a incienso empieza a intoxicarme, en casi
todos los puestos hay humo, veladoras, papel picado y trastes con apariencia de
barro, algunos están decorados con colores muy vivos y otros con listones que se
ven muy llamativos.
De regreso a casa, pasamos por
las canastas de pan, esas hojaldras de huevo que tanto me gustan con chocolate
caliente, o un atole, mi madre me ha comprado una calaverita de azúcar en el
puesto de mi amigo Juan, aunque nos llevamos muy bien mi madre anda con prisas
y ni siquiera me ha dejado ponerme de acuerdo con él para ir en la noche en
busca de luciérnagas, dicen que en estos días esos animalitos brillan con un
color diferente al blanco y amarillo.
Casi a media cuadra de llegar a
la casa, llega el olor a mole, delicioso por cierto, creo que mi abuela se
queda días haciendo esa pasta, o alomejor meses, quizá sean años, cuando sea
grande le diré que quiero ayudarla y quedarme con ella el tiempo que se tarde.
La ofrenda casi queda lista, solo
falta esperar la orden de mi madre cuando me dice –hijo, haz el caminito para
los muertitos- entonces ya sé que debo deshojar las flores de cempaxúchitl,
todo queda listo cuando mis manos están tan amarillas que me lavan las manos
con alcohol.
Aún no comprendo por qué ponen
vasos de agua, cervezas, refino, mezcal, pulque, hasta platos de sal y todo
tipo de alimento que les gustaban a los difuntos si todo queda igual, o al
menos eso era lo que pensaba.
Cuando estaba pensando en mi
deseo, escuche que tocaron la puerta, entonces supuse que era Juan, él es el
único que toca así de fuerte, se escucha como si la madera suplicara que ya no
lo hiciera.
Tomamos dos frascos que estaban
en la mesa y salimos en busca de luciérnagas. El monte queda a dos casas de la
mía y desde afuera se puede ver el arguende en el centro y el atrio de la
iglesia, todo bien colorido como cada año, hasta el padre luego nos visita y le
dan de comer en la casa, siempre pide tamales de cilantro porque mi abuela es
la única que los hace por ahí cerca.
Casi dos horas buscando entre la
oscuridad a esos animalitos brillosos y nada, hasta que Juan grito –ya vi uno
ahí escondido entre el pasto, córrele-. Cuando lo metimos en su frasco lo vimos
brillar, era amarilla su luz, como la de todas las demás, en eso vi una
lucecita que parpadeaba, pero esa era de color naranja, y fuimos tras ella.
La correteamos hasta el centro,
donde están las casas de teja y paredes gruesas, esas que tanto me gusta su
olor a humedad, de pronto en la casa del presidente sacaron una bola como del
tamaño de mi cabeza y le prendieron fuego, solo escuchamos un ruido y salió
volando, no nos quedo de otra más que seguirlo con la mirada, hasta que trono
en el cielo, en ese momento casi se me sale el corazón del susto porque pensé
que le daría a las estrellas, o mejor dicho, a los sueños y a las pesadillas.
Juan también estaba asustado y
para tranquilizarlo un poco, le platiqué lo que pensaba de las estrellas, ha,
pero también lo que había visto en la noche anterior, a lo que él me dijo que
debería de ser una estrella fugaz, o algo así le había dicho su padre, porque
su papá es uno de los que más sabe aquí en el pueblo y nunca se me había
ocurrido ir a preguntarle a él.
Lo que si sabía, era que entonces
si era verdad que cumple deseos, porque Juan pidió que regresara su papá de ese
viaje a otro continente, y lo hizo, se lo cumplió, entonces lo más seguro es
que también a mi me lo cumpliera.
Pero que tontos, se nos ha
escapado la luciérnaga naranja –no, ahí va, córrele- dijo Juan
Y la fuimos siguiendo hasta la
iglesia, ahí se metió la condenada, pero la iglesia hoy no cierra porque vienen
de los panteones a dejar veladoras y de aquí se regresan para dormir toda la
noche con sus difuntos en el campo santo.
A lo lejos se veía ese parpadeo
color naranja, estaba subiendo hacia el campanario, pero Juan ya tenía la suya,
y no podía dejar mi frasco vacío, y menos de esa luz rarísima de la que todos
hablaban pero nadie había visto, mucho menos tenido.
Entonces decidí ir por ella, subí
hasta lo más alto del campanario, y se quedó quieta por fin, a la orilla de la
campana más grande y brillosa, era como si quisiera que fuera por ella.
Di un paso muy tembloroso y miré
hacia abajo, era una imagen maravillosa de todo el pueblo, lleno de luces y
colores, de aromas y sentimientos, en ese momento decidí atraparla y le puse mi
mano para que subiera por mis dedos, de pronto voló y recordé mi sueño, cerré
muy fuerte mis ojos y sentí el viento helado en mis mejillas y manos.
Al abrir mis ojos ya no hacía
frio, solo estaba rodeado de colores y luces, abrí mis manos y ya no estaban
congeladas, solo estaba la luciérnaga brillando muy bonito su color naranja,
que felicidad tenía me había cumplido mi sueño la estrella… verlas más de
cerquita, y si no era mucho pedir, poder tocar solo una.
Calleja Vargas Enrique

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